Cuando el producto eres tú

Internet se ha convertido en algo fundamental en nuestras vidas, lo usamos de forma continua y para casi todo; gracias a los smartphones nos hemos acostumbrado a tener en la palma de la mano acceso inmediato a toda la información y a estar conectados de forma permanente con amigos, familia, compañeros de trabajo, incluso con gente que no conocemos de nada. Y lo peor de todo, nos parece normal.

Con el tiempo, el precio de las aplicaciones y acceso a servicios se ha ido reduciendo de forma significativa hasta llegar al límite de lo absurdo. ¿Cómo es posible que no se pague nada por servicios que usamos continuamente y por los que seguramente una mayoría estaríamos dispuestos a pagar una cuota al mes?

¿De verdad que no pagaríais, no sé, 5 € al mes por usar WhatsApp o cualquier otra aplicación de mensajería instantánea o acceso a redes sociales, si esa fuera la única forma de poder usarlos? Después de llevar varios años enganchados, seguro que sí.

Hablo del supuesto en el que todas las plataformas fueran de pago, como lo eran los SMS en el pasado. Si ahora nos remontáramos a los 90 y principios de los 2000 cuando había que pagar por cada mensaje que enviábamos, y de hecho lo hacíamos, nos llevaríamos las manos a la cabeza. Nos hemos acostumbrado a la gratuidad; creemos que por pagar una pasta por un móvil y una cuota al mes al proveedor de turno de telefonía, ya nos da derecho a acampar a nuestras anchas, a acceder a todo lo habido y por haber sin pagar ni un céntimo más. ¡Cómo nos indigna eso de pagar por lo que usamos, ¿verdad?!

Entonces, ¿cómo es posible que las empresas que ofrecen estos servicios (mensajería instantánea, redes sociales, correo electrónico) gastando millones en mantenimiento e I+D para mejorarlos, nos los den GRATIS? Pues muy sencillo:

Porque cuando no pagas por un producto o por un servicio, es que el producto eres tú.

Nos hemos acostumbrado a no tener que pagar nada por usar aplicaciones y acceso a multitud de servicios, que nos los den todos gratis, pero bien es sabido que el objetivo de toda empresa es ganar dinero. Así que las empresas tienen que sacar algo a cambio, y ese algo son tus datos personales, tus hábitos de navegación, tus fotos que subes a las redes sociales, tus horarios de ir a tu cafetería favorita o al centro comercial donde haces la compra, tu actividad en redes sociales, tus «me gusta», etc. Es decir, tu vida, tu privacidad.

Este hábito que hemos adquirido de compartir nuestra vida, de publicar todo lo que hacemos en las redes sociales, de decirle a todo el mundo lo que comemos, a dónde vamos, dónde nos alojamos cuando vamos de viaje, qué música estamos escuchando o a qué juego estamos jugando, es precisamente por lo que las empresas luchan por conseguir: un historial detallado de nuestra vida. ¿Y por qué es tan importante?

Ahí es donde entra en juego el Big Data, que es, a grosso modo, el análisis de la macroinformación que los usuarios de Internet generamos. A partir de esa información, una de sus muchas aplicaciones consiste en que las empresas pueden enviarnos publicidad personalizada a cada uno de nosotros en función de nuestras costumbres.

¿Nunca te has preguntado por qué de repente, cuando estás viendo el correo de Gmail, por ejemplo, te aparece en un lateral del navegador publicidad sobre casas rurales, cuando, casualmente, has estado buscando información sobre casas rurales? Ah, ¿que creías que Google también era «gratis»?

La información de los usuarios, de las personas, es lo que más vale. Tú eres dueño de tus datos personales, de tu vida. El momento en el que decides compartirla en las redes sociales deja de ser tuya, por mucho que diga Facebook o la empresa de turno que eres dueño de tu información y que puedes borrarla cuando quieras. Vale, la puedes borrar, ahora, que les ha obligado un juez, pero mientras esté en la red social no es tuya y Facebook y otros pueden venderla a terceros o hacer lo que consideren. Y aunque la borres después, a saber quién tendrá ya tus datos por todo el mundo. De ahí es de donde sacan el dinero, tantísimo dinero que valen los datos de más de 2000 millones de usuarios que tienen.

Cuando das un like (me gusta) a una página, ¿sabes lo que pasa en realidad? Que te van a enviar publicidad (a través de esa red social, otras redes sociales o el email) de esa página y de sus productos relacionados. Seguramente, además, estarás aceptando en segundo plano que lo hagan y que puedan incluso acceder a tus datos personales y usarlos para enviarte publicidad o para venderlos a terceros (seguramente esto aparecerá en la letra pequeña de la red social, esa que no se lee nunca).

Algo a lo que no se suele dar mucha importancia es a la contraseña; mucha gente pone una contraseña fácil de recordar por comodidad; gran error. Cuanto más sencilla sea para ti de recordar seguramente más fácil será que la rompan y accedan a tu cuenta.

Es muy importante tener una contraseña compleja y diferente para cada red social, para cada servicio; porque si cae uno, caen todos en cascada.

Facebook no es el único que hace esto con tus datos, lo hacen todos: YouTube (que pertenece a Google) gana millones a diario con la publicidad que ven los más de 1500 millones de usuarios de la red de vídeos más famosa del mundo. Y WhatsApp (que pertenece a Facebook), con sus 1300 millones de personas que lo usan, ya está pensando en enviar publicidad a través de la aplicación; es cuestión de tiempo que lo hagan; a ver cómo lo hacen sin que sea demasiado intrusivo. Twitter, Instagram, Snapchat, etc. todas lo hacen; todas envían publicidad de una forma u otra a sus usuarios.

Espero que te haya quedado un poco más claro qué pasa con tu información cuando decides compartirla con el mundo, sea por el medio que sea. Hay quien dice que no tiene nada que ocultar y que le da igual lo que hagan con sus datos; les compensa por lo que reciben a cambio. Yo soy partidiario de un término medio, de compartir cierto contenido en según qué ámbitos, pero siempre con sentido común. Eso sí, soy consciente de que no puedo controlarlo todo y no me como la cabeza con ello; al fin y al cabo, Internet me abre un mundo inmenso de posibilidades y, teniendo claro lo que comparto, lo que no y dónde lo hago, me compensa con creces.